El olmo no es un árbol cualquiera. Durante
generaciones fue el árbol de la plaza — el que
marcaba el centro del pueblo, bajo cuya
sombra se cerraban tratos, se contaban
historias, se esperaba a que alguien llegara.
Un árbol viejo que, incluso partido por un
rayo, siempre vuelve a echar hojas verdes en
primavera.
Casa Olmo junta dos ideas: una casa — un
lugar al que se vuelve — y el olmo — el árbol
que reúne. No es un nombre que hable de
café; habla de lo que pasa alrededor del café:
la mesa compartida, el rato que se alarga, la
costumbre de volver.